miércoles, 13 de diciembre de 2017

NOTAS DEL CREPÚSCULO. El título de este nuevo Diario que comienzo ahora está copiado de otro....

El título de este nuevo Diario que comienzo ahora está copiado de otro, escrito por uno de mis maestros favoritos: Josep Pla. Ahora bien, hago la firme promesa de que si a lo largo del viaje que ahora comienzo por sus páginas encuentro otro título que me libere del delito de plagio lo cambiaré, si no......
Son en este instante las siete cuarenta y ocho horas de la mañana del viernes 25 de septiembre del año dos mil nueve.
Mi hermano Guillermo se encuentra en estos momentos sepultado entre las sábanas asépticas de una cama de un Hospital de nuestra ciudad natal (Ceuta) luchando contra un cáncer de pulmón de extrema gravedad si hacemos caso de los partes médicos emitidos por los facultativos que lo atienden. No hace ni tan siquiera tres meses que su estado de salud era óptimo; desde la soleada cumbre de sus sesenta y ocho años contemplaba el mundo con cierto ordenado optimismo hasta que la innombrable lo apuntó en su tarjeta de visitas.
Mi hermano Guillermo era, de todos los miembros de la familia y por razones de proximidad geográfica entre el domicilio paterno y la casa de su novia, era, digo,  el encargado de recogernos a mi hermana Mariló y a mí en el cine Astoria donde habíamos pasado toda la tarde y parte de la noche viendo dos y hasta tres veces la última pelicula de Steve Reeves o de Errol Flynn; Steve Reeves en minifalda y peleando siempre con unos leones que parecían jubilados aburridos del Inserso y Errol Flyn colgado de las jarcias de un buque en las posturas de un trapecista de barrio. A mí me recordaba siempre –me refiero a Steve Reeves- al trabajo de un dentista pues todo su afán era abrirles la boca para mirarles no se sabe bien qué.....Los sábados por la tarde, (todavía no había llegado la televisión a nuestro pueblo) nuestra madre, después de dejar perfectamente limpia y arranchada la cocina nos preparaba la merienda, y nos daba las dos pesetas que costaba nuestra entrada en el patio de butacas del popular cine Astoria que pasados los años, y coincidiendo con la llegada de la Democracia, terminaría convertido en unos grandes almacenes de muebles baratos
La grave situación en la que se encuentra sumido mi hermano, me ha llevado a recordar el lapidario familiar. El primer miembro de la familia que nos abrió a todos las puertas del Más Allá fue mi hermano Pepe que con apenas diez años recién cumplidos se marchó de este mundo embutido en su trajecito gris de Primera Comunión. Mi hermano Pepe, como un poeta inédito murió en Primavera, en la primavera del año mil novecientos cincuenta y siete. 


HE concluido la lectura de EN EUROPA del autor holandés Geet Makt (dudo del nombre y del apellido). Se trata del diario de un viaje por Europa recorriendo los escenarios de los más importantes sucesos políticos acaecidos en nuestro continente desde la primera Guerra Mundial hasta el conflicto de la desmembración de la Yugoslavia de Tito.


EL miedo a contraer la gripe A me ha llevado a convertirme en un consumidor compulsivo de todos los productos mágicos que se ofrecen en las estanterías de las herboristerias de nuestra ciudad.
Sueño, sueño todas las noches aunque no consigo recordarlos.

LAS relaciones con mi hija Clara siguen cortadas. Ya incluso he olvidado cuando fue el día o el mes o el año que hablé con ella por teléfono. Creo que falleceré sin haberle hablado, sin haberla visto. Y aunque me hubiera gustado que las cosas se hubiesen desarrollado de otra manera sigo pensando exactamente de la misma manera que cuando tuve con ella las primeras discusiones. Mis ideas sobre lo que es la educación de una joven no han variado ni un ápice; los hechos, por desgracia me han dado la razón. Aquellos niños de siete u ocho años que tuve como alumnos en mis últimos años de profesorado son ahora los jóvenes de veinte o veinticinco años que protagonizan las paginas de sucesos de los periodicos por pegarles a sus padres o matar y violar a la novia que los ha dejado...
La última información que tengo de mi hija es que iba a comenzar este año un curso de guionista de cine, cuando ya tiene veintiseis años y lleva en la Universidad de Valencia casi diez....
Su madre, según me cuenta mi hermana, padece una fuerte fibromialgia y ataques puntuales de depresión. Si ahora fallece, hará lo que hizo también mi hermano Paco –otro “padre amigo” como la madre de Clara es la “madre amiga”- dejar en el mundo un ser completamente inmaduro e incapaz de asumir la propia supervivencia economica y afectiva.


SEGÚN las noticias meteorologicas comunicadas a través del popular locutor Carlos Herrera nos encontramos hoy en nuestra zona geográfica en alerta naranja...o amarilla -no recuerdo ya el color- con la que se nos quiere indicar, en fin, que vamos a ser visitados por una cortina de fuertes lluvias.
Esta mañana, después del desayuno me he subido, como cada mañana a refugiarme en mi pequeña biblioteca. Mi libro de lectura en estos días son las Memorias de Albert Speer, el que fuera arquitecto oficial de Hitler y el que, si no hubiesen perdido la guerra, encargado de reconstruir toda la ciudad de Berlín, y algunas ciudades más de Alemania convirtiéndolas en una exposición de marmoles y esculturas de falso clasicismo griego. El interés del libro radica fundamentalmente en haber sido escrito por una persona que estuvo muy cerca del dictador y que con la inteligencia suficiente y la objetividad y la lejanía de perspectiva que le facilitaba el no pertenecer a la ideologia nazi nos ofrece un perfil del personaje que no debio diferir mucho de la verdad. Y por si todo esto fuera poco su lectura se hace muy amena por la maestria del narrador, por el  manejo y la plasticidad de su prosa.


CONTINUO con el insomnio, producido, según me dice el neurólogo que me controla la Miastenia, por la medicación que estoy tomando, y sobre todo por el Mestinón. No pasan de las cuatro o cinco horas de sueño al día.


HE  llamado por teléfono a casa de mi hermano. Después de un pequeño prologo protagonizado por mi cuñada he hablado con él. Me dice que anoche tuvo por primera vez un ataque de asfixia y que esta mañana, (tose mucho mientras me habla) le han punzado el pulmón para drenar el liquido que lo inunda.
“Ella” se acerca cada vez más a mi hermano.
A los tres minutos escasos de conversación le he rogado que interrumpiéramos la conversación pues los golpes de tos le ahogaban los intentos de explicarme sus luchas diarias con la enfermedad.
Morirá. Sin duda morirá. Todos a su alrededor saben que morirá y ese ruido de aguas negras en su habla es el precursor del fin.
Después he llamado a casa de mi hermana. Ella había salido y le he comunicado mis temores a mi cuñado Pepe. Le he informado de la aparición del fatal liquido en los pulmones de Guillermo. Me he alegrado de que mi hermana no estuviera. Su marido se lo explicará de una manera más sedante.
Esta Navidad estaremos solos mi hermana y yo. Otra vez como cuando éramos niños y nos daban las doce de la noche en las butacas del viejo cine Astoria de donde –me repito- nos sacaba él, Guillermo.

ES tarde de sábado y la he pasado limpiando el viejo equipo sony de música. Luego he continuado con la lectura de las Memorias de Sandor Marai. Me refiero al segundo volumen, el titulado ¡Tierra, Tierra! El libro comienza con la invasión de Hungría por parte del ejército soviético. Marai, que se ha refugiado en una pequeña casa rural en las cercanías de Budapes, nos cuenta sus encuentros con los recios mozos de la estepa que entran en las casas medio asustados y tomando lo que ven a mano y hablando de Gorki y de Chejov.
Marai, con la inocencia del que aún no ha leído Archipiélago Gulag los recibe como el viejo profesor que saluda a los alumnos más díscolos de su clase tratando de comprender su comportamiento.
El Mestinón –siempre según la autorizada opinión del neurólogo que me controla la Miastenia- sigue haciendo de las suyas en mi estómago; se me ha vuelto más ácido, bastante más ácido...Al contrario de lo que me sucedía antes que tenía unas digestiones lentas y pesadas, ahora y ¡gracias al Mestinón! mi estomago tritura los alimentos más consistentes como si yo tuviera ahora dieciocho o veinte años.....
Cómo soy bastante pusilánime ya me he encargado de solicitar una visita al Especialista de Medicina Interna en la Clinica que mi compañía médica tiene en el pueblo.
Ya he localizado, gracias a Internet, los Diarios de Marai, los que escribió –si hacemos caso del título con el que han publicado los mismos- entre los años 1984 y 1989, año éste último en que de forma voluntaria puso fin a su vida. Es justo la edad con la que falleció mi padre. Freud me diría que esta asociación de ideas me viene porque he convertido a Sandor Marai en mi padre...y llevaría toda la razón del mundo. Mi alma infantil e inmandura tiene como las remoras –esos peces que se fijan en las quillas de los buques- unos chupones sicologicos con los que me adhiero al primer hombre –real o virtual eso es lo de menos- que circula por las proximidades de mis aguas afectivas.

CUANDO hayan pasado las fiestas de Navidad iré al notario para anular el último testamento que hice. En ese testamento nombraba heredera universal a mi hija Clara. 










sábado, 9 de diciembre de 2017

CRÓNICAS DE HADÚ

        
                            MI primera bicicleta fue un patín, ¡sí, sí, un patín!, un hermoso patín de dos ruedas blancas y rotundas como una pareja de donuts. Tenía un manillar con freno a la rueda delantera y un transportín para llevar el bocadillo, o para sentarse, según corriera el viento. El encuentro con este maravilloso corcel metálico que hizo volar mis huesos infantiles por todas las calles y callejas de Hadú, mi barriada natal tuvo lugar en los escaparates de la Casa Ros, uno de los comercios más añejos y prestigiosos de la ciudad que, cada mañana, con una puntualidad nórdica abría sus cierres metálicos en la Calle Real cerca del cine Apolo. Además de cámaras fotográficas de prestigiosas marcas internacionales, Casa Ros se publicitaba en los entreactos de los cines locales como el lugar adonde todos mis paisanos que ejercían profesiones relacionadas con la salud pública....y privada acudían para abastecerse de sus instrumentos de alta precisión que la ciencia de la optimetría y la audiometría ponía al alcance de sus clínicas particulares. El señor Ros, seguramente que para aprovechar y amortizar la licencia de importación que tenía concedida para comerciar con el país de los tudescos (véase: Alemania) traía por Navidades las pequeñas y no tan pequeñas delicatessen que la industria juguetera de este país arrimaba cada año al mercado europeo. Y allí, entre toda la filigrana de precios lujosísimos, con sonrientes papanoeles de peluche marcándote el producto con una amplia sonrisa cervecera, allí estaba mi hermoso patín cegándome con los brillos de su manillar cromado y haciéndome cosquillas en las burbujas de mi imaginación con sus rotundas (ya se ha dicho) ruedas blancas sumergidas entre los últimos modelos de microscopios Zeiss o de un elegante telescopio con el que redescubrir otra vez la luna de los poetas; o aquellas perfectas miniaturas de aldeas alemanas ferroviarias por donde discurrían las soberbías máquinas Franklin con sus vagones de todos los colores y con las que todos los niños de Ceuta hemos soñado alguna vez, ¡si, si, tú también mi querido lector! Si hoy día, a la hora de escribir sobre aquella Ceuta o aquel Hadú de mi infancia recorro con el barco de mi memoria todos los rincones y recovecos de mi barriada natal se lo debo a aquel hermoso patín que me llevó a descubrir desde los callejones y patios vecinales de la barriada musulmana de la Mezquita pegada ya casi a los montes de García Aldave hasta las pequeñas casas unifamiliares que se agrupaban como gaviotas asustadas al borde de las faldas del monte Hacho que venían a ser, si se contemplaban desde el mar, como las gárgolas o los diáconos que anunciaban la presencia monte arriba del siniestro presidio que ha protagonizado los momentos más tumultuosos de la historia local.
                              CUANDO ya tomé la suficiente confianza y autoridad sobre mi patín y para hacer los honores a mi ascendencia fenicia (ni más ni menos que como todos los habitantes de esta península ibérica) comencé a comerciar con las apetencias casi eróticas que mi hermoso vehículo despertaba en toda la canalla infantil del barrio,  no me lo pensé ni dos veces y por una perra gorda admitía a bordo de mi patín al pedigüeño de turno y, emulando yo a los coolies chinos, yo, también a fuerza de peinar el suelo con una de mis piernas paseaba al cliente por las callejas del barrio; había días que me lo alquilaba “sin conductor” el niño de la Farmacia que, como todo hijo de boticario había nacido con un poder adquisitivo bastante confortable y por dos reales le prestaba mi patín por todo el tiempo que cabía en media hora y que yo cronometraba con un viejo reloj de pared que colgaba de la entradita de la casa de mis padres.
                                            CUANDO comencé a unirme al tráfico rodado y llegaron a las dependencias familiares las quejas de mi tío Pepe, conductor de autobuses, relatando mis rallis por la cuesta de la Puerta del Campo, mis padres entonces, en las tertulias de la comida discutieron entre las dos posibilidades, a saber: o levantarme consejo sumarísimo y mandarme de por vida a las Islas Chafarinas o...lo que era más razonable comprarme una bicicleta que me diera la seguridad precisa frente al trafico motorizado que, como cualquier lector de mi edad sabe, en aquella época era bastante eximio. La bicicleta era de color verde y el recuerdo que guardo de ella es que olía muy bien, o al menos a mí así me lo parecía. Si dejo de escribir y tanteo con los dedos de mi mano izquierda en el parietal del lado correspondiente aún puedo teclear con mis dedos alguna arruga resto de la cicatriz que me dejara en la cabeza el accidente más serio que tuve con esta bicicleta. Era, creo, una mañana de verano en la que los niños conquistábamos las calles antes que los mismos gatos. No sé qué diabólica inspiración me movió hacia el fatal experimento pero el caso es que me tiré por una pendiente muy pronunciada que terminaba en el enrejado de la Huerta de Azuhara o Azuhaga que el nombre se ha ido despintando en la memoria como un azucarillo en el agua. Como un niño de la guerra después de un bombardeo fui llevado a la Casa de Socorro de mi entrañable barriada de Haddú con todo un coro de plañideras vecinas que sostenían entre los brazos a mi madre. Este pequeño encontronazo de mi infantil parietal contra la verja de la Huerta de Azuhara significó un interregno en mis practicas velocípedas pues además coincidió con el reciente fallecimiento de mi hermano Pepe. Al sentirme con los pies tocando otra vez el duro suelo y verlos huérfanos de aquellas alas de goma con las que yo peregrinaba por la ciudad tuve que recurrir a la bicicleta de alquiler y todas las pequeñas monedas que mendigaba entre los miembros de mi familia iban indefectiblemente a engordar la caja de ingresos del pequeño taller de bicicletas regentado por un mecánico alto, guapo y elegante que a mí me parecía un galán de cine disfrazado de mecánico pues me lo imaginaba más bien en alguna de aquellas peliculas “de safari” que echaban en la sesion continua del cine Astoria los sábados por la tarde o en la sesión “de matinée” (dicho queda aunque en francés) los domingos por la mañana.  Ni del patín ni de esta pequeña bicicleta que me dejó un recuerdo en la piel de mi cabeza recuerdo la forma en cómo desaparecieron de mi vida. Creo que mi padre era el que se encargaba de ello. Durante el tiempo que permanecí en el internado de los salesianos  desapareció junto con una escopeta de aire comprimido con la que (ahora lo recuerdo con bastante orgullo) fui incapaz de matar ningún volátil por más que lo intentara. Una tarde de verano, un niño del barrio que era aficionado a cazar con trampas me pidió prestada la carabina y delante mía abatió tres o cuatro gorrioncillos que cuando yo los ví crucificados entre las manos del niño me quitaron las ganas de tener escopeta para siempre. 
                       ....Pero estaba hablando de mis bicicletas. Luego llegó ya en forma de bicicleta de adulto una preciosa Bertin (francesa) comprada en el comercio de Tetuán y que un amigo de mi padre casi tan joven como yo, pasó por la frontera pedaleando y (como para disimular) mirando al fondo indiferente como el actor Jacques Tattí en sus famosas escenas de cartero de no recuerdo ya qué película. Con esta bicicleta terminé de confeccionar el mapa de mi ciudad pues ya trabajaba para entonces en el pequeño comercio de repuestos de automóviles que mi padre poseía en la castiza y popular Plaza Vieja (¡qué nombre!..Tan sólo uno me he encontrado que casi me gusta más que éste; ha sido en Málaga una calle del casco viejo llamada Plaza de Toros Vieja) de donde salí, con mis estudios de Magisterio ya concluidos para irme al servicio militar lo que supondría la salida definitiva de la casa paterna. 
Como todos los jóvenes de mi generación que tenían coche familiar yo también sentí la fascinación por el volante y los motores de combustión interna haciéndome olvidar por años este simpático vehículo movido a pedales para sentir las vibraciones del gasoil inflamado debajo de mi sillón de piloto; hasta aprendí (con ese mimetismo de la juventud) a tirar pedántemente sobre el mostrador de la cervecería de turno el manojito de llaves del vehículo para impresionar a la novieta de turno o a la que, aún sin serlo, yo aspiraba con hacerla tal. ¡Cuánta razón tenía mi entrañable maestro Josep Pla cuando decía aquello de la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo ...¡¡¡Cuánta razón...!!!
Cuando abandoné la casa paterna (y el coche de papá) para irme a trabajar a Barcelona hube de recurrir a mis recuerdos de velocipedista para mantenerme razonablemente vertical sobre las dos ruedas de una potente Sanglas-500 que adquirí con una indemnización que me llegó de la Academia de la que fui despedido después de haber abandonado una “ducati 125” que el padre de un alumno me vendió como de “segunda mano” a un precio asequible a la modesta nómina que cobraba por aquellos años.
Y después de muchos años, habré de esperar a mi precoz jubilación y la adquisición de mi flamante autocaravana que ya ha salido en estas páginas con el nombre de El Mistral, para mi reencuentro con la bicicleta; esta vez será bajo las lineas aerodinámicas de Rosicler, nombre que me recuerda los rosados amaneceres que he contemplado izado sobre su sillín y moliendo los kilómetros de asfalto con obstinado pedaleo. Con Rosicler he paseado por los bulevares de algunas ciudades de nuestra vecina Francia y he trotado por los caminos rurales de la isla de Mallorca, lugar paradisíaco para la bicicleta tanto por el paisaje como por la educación urbanita y la cortesía de sus automovilistas que ven con simpatía a este silencioso vehículo doblando las esquinas de sus rosadas masías en esos atardeceres mediterráneos de nuestras queridas islas cuyo paisaje invita a leer a Séneca, a Virgilio y cosas así. Vale.
Alberto Núñez García.
                     

viernes, 8 de diciembre de 2017

Las Memorias de Jean Valjean II

Las relaciones que he mantenido con mi padre desde la infancia hasta que abandoné el domicilio familiar de la calle Baro Alegret de Ceuta una vez concluidos mis estudios de Magisterio siempre fueron muy tormentosas. Mi padre se había criado huérfano. A la madre se la llevó la tuberculosis cuando mi padre contaba ocho años de edad y al padre, vivo aún, se lo llevó el ferry que cruzaba el Estrecho y nunca más se supo de él ni bajo que cielo pueden dormitar sus restos. Esa carencia de amor materno y paterno le marcarán para malvivir todo el resto de su vida encadenado a una neurosis que le impedirá ejercer con un mínimo de garantías de éxito las funciones de padre, sacramento civil para el que Dios por lo visto no lo había llamado. No era un hombre autoritario, no, ni mucho menos era, simplemente, ya lo he dicho, un neurótico y sus reacciones más primarias eran completamente imprevisibles, sobre todo cuando yo lo contrariaba con algunos de mis caprichos de niño malcriado, malcriado por una madre sobreprotectora que temía en todo momento que la muerte se me llevara consigo como hizo con mi hermano Pepe. Respecto a su falta de autoridad debo decir que a lo largo de mis años en convivencia con él lo vi muchas veces doblar la cerviz humildemente ante cualquier critica de mi madre hacia cualquier aspecto de su nefasta paternidad que como digo dejaba bastante que desear. Sus intentos de corregir mi malcrianza materna iban acompañados en casi todos los casos de una violencia extrema hasta el punto de que si mis hermanos no lo hubieran separado en las ocasiones que más peligraba mi integridad fisica ya hacía años que yo calentaba mis huesos en algún rinconcito soleado del cementerio de mi pueblo que se encontraba bajo la advocación de San Antonio y justo frontero a un vertedero municipal que en los días de levanta perfumaba todo el recinto mortuorio con una niebla espesa de olor agrio dulzón.  Al no haber tenido padre sus limitaciones y su autoindependencia en cualquier aspecto de la vida eran muchas. Cualquier hombre con un mínimo de picardía podía engañarlo miserablemente y levantarle los bolsillos mientras él se quedaba alelado saboreando cualquier halago por falso que fuera la persona emisora de dicho piropo.

Todo ha comenzado por la comida del medio día. Te has puesto a mirar el móvil

Montse:

            Son las siete de la tarde. Hace media hora que hemos vuelto a caer en otra de nuestras acaloradas discusiones. En esta ocasión, como en otras muchas ocasiones todo ha comenzado por nuestras discrepancias sobre el uso y disfrute (que yo llamo abuso y adicción) de ese para mí horrible artilugio que se llama móvil y que aísla a las personas aunque estuvieran todas juntas en una barca después de un naufragio y una espesa legión de tiburones azules estuvieran haciendo la ronda y discutiendo entre ellos que bocadito iba a tomar cada uno de la carnaza que bullía en la pequeña embarcación. Creo que hasta en esas circunstancias sería dificil separar al cretino movildiota del magico artilugio de su fascinación. 

Montse:
           Cada vez que te comento esta adicción tuya a este diabólico artilugio la impotencia y la desazón más acida corroen mi alma. La faceta más destacable de tu personalidad y la que más te va a limitar para hacer una recuperacion de tus problemas conductuales es tu resistencia tozuda a dejarte llevar y aconsejar. Yo ya he desistido. Eres una mujer muy dificil. Cualquier sugerencia que hasta el momento te he planteado para que dosifiques las horas de movil han sido recibidas por tí con una negativa contundente. Ya te he manifestado varias veces el miedo que me atenaza el alma de que puedas convertir mi casa en un nuevo sofá en el que te escondas de la vida. Tú, cuando te hablo de la más que fundamentada posibilidad de que estés utilizando el movil para esconderte de la vida, niegas tal posibilidad, niegas como Pedro, negó tres veces antes de que cantara el gallo. Te has cerrado a cualquier sugerencia mía.
Todo ha comenzado por la comida de medio día. Tú te has puesto a mirar el movil. Yo me he levantado y me he ido al sofá a seguir comiendo sólo. Tú no te has dado por enterada y te he tenido que llamar la atención para que te dieras cuenta de que había abandonado la mesa.
La ruptura ha venido cuando yo te he dicho que el día que tengas una pareja si te pasas todo el día metida en el móvil él se puede aburrir, y vuestra convivencia puede entrar en una crisis que termine por la separación. Tu, entonces me has respondido con mucha seguridad que cuando estés con su pareja eso no sucederá, quieres decir que no acudirás al móvil. Eso me ha herido intensamente y así te lo he dicho. Enseguida me he arrepentido de mostrarte estos sentimientos mío pues he podido comprobar que te he herido más yo a tí que tú a mí.


martes, 5 de diciembre de 2017

Carta que un potencial celoso dirige a su potencial contrincante y que aquel escribe por prescripción facultativa de su psicoanalista de cabecera el doctor Peñalvez y Piedrahita de Sotomayor y Montanchez.de Monteagudo del Fresno

Querido Rafael:(*)

                  No te conozco absolutamente de nada (**), lo que vulgarmente, en román paladino y en falar de juglaría se diría: nada, nada. (¿Qué parte del nada no se entiende?) No sé quien eres. No sé donde comes ni qué clase de alimentos trasiegas. No sé que aire respiras ni la pureza de oxígeno contenida en el mismo y que pudiera facilitar de una manera satisfactoria la buena lubricación de tus neuronas. No sé cuando lloras ni por quién lo haces, ni, por supuesto qué lugar ocupas entre tus hermanos o en tu árbol genealogico. Vamos. Nada de nada. Lo que se dice..: nada. Ni siquiera te pareces a nadie que yo pudiera recordar del antiguo servicio militar. Vamos...la nada multiplicada por infinito.         
                  Luego, cuando M*** ha tecleado tu nombre en su ordenata has pasado a ser, ahora sí, una partícula anónima (un granito de arena en el desierto de "quesea¿quémásda?" Me gusta la metáfora) sumergida en esa pasta humana, viscosa y húmeda de 367 millones de usuarios (¡ahí es nada...Una gollería!) que forman el magma informático de esa página cuyo nombre me recuerda una película africana de animación pasada por la factoría disney y que nuestros padres nos llevaron a ver hace ya muchos años embutidos en aquel abriguito amarillo, el mismo que mamá, con una habilidad asiática e hilo del mismo color reciclaba cada otoño para el hermanito que venía detrás de nosotros en la nómina tribal chupando, nosotros, con beatífica devoción aquel pirulí rosa que, como la tostada con mantequilla del experimento terminaba siempre con obstinada insistencia manchando la solapa de pana negra del venerable abriguito; uno de sus botoncitos amarillos deambulaba no hace mucho por algún cajoncito olvidado de mi biblioteca y por ahí debe de andar aún). O sea eras nada más que eso. Nada. Ya te digo que nada. Nada. Dicho sea con todo el respeto hacia tu digna persona. Absolutamente nada. (perdona la necesaria repetición, ¿pleonasmo?)  Pues bien, siendo tan poquita cosa en mi universo sentimental y sin tú pretenderlo te has convertido para mí, de golpe y porrazo en ese personaje desagradable e inesperado que, en las comedias “de enredo” decimonónicas, aparece siempre al final de la trama poniendo literalmente patas arriba todo el orden establecido a lo largo de la exposición del relato dramático y que termina, con su impactante e imprevista presencia dándole sentido y realidad a cada uno de los personajes. En mi caso, por ejemplo me ha tocado en el reparto el de ese pequeño y retorcido celoso que muerde las uñas de su propia envidia con una voracidad neurótica, viendo como este advenedizo le levanta literalmente la merienda  y se lleva con él a la "muchachita buena" de la historia (Eso ya me estoy temiendo yo:que te la lleves) con solo haber pulsado una vez ese botoncito llamado intro que aparece a la derecha del teclado ¿Se me entiende? Con ese sencillo gesto de pianista torpe y tímido, o de sesudo compositor a la búsqueda de la nota precisa para el final de su sonata, con ese gesto has levantado toda una tormenta monzónica en el mar de calma chicha de mi plácida rutina doméstica, grata rutina que yo compartía hasta este instante con esta joven mujer a la que día a día le he ido tomando cada vez más cariño.(***) Llevando el ratón de plástico expandido hasta la parte superior de la pantalla donde aparece la foto de M*** y dando otro pellizquito electrónico al chisme de marras  has pasado ya a ser desde una motita de polvo informático a ser una lamina de píxeles que sabiamente colocados nos han servido una imagen fiel de tu rostro,  la imagen de una foto (según me dice M*** cambias a menudo la foto de tu perfil de Badoo) que M*** me enseña en su móvil (por cierto que ayer le regalé el último modelo de Iphone apple y pensaba mientras lo compraba en el Corte Inglés que en el momento que os vierais en vuestra primera cita y tú le preguntaras por el origen de tan lujosísimo artilugio ella te respondiera: son "mis reyes". Me lo ha regalado Alberto.¿Qué quieres...? La práctica de la modestia no forma parte de la nómina de mis deportes favoritos.)         
                   Reconozco querido Rafa que a pesar de mis años (soy ya lo que se diría en uno de aquellos novelones del XIX "un caballero de edad provecta") no paso de ser un puto crío malcriado y egoísta. Por cierto que lo de "querido" acompañando a tu patronímico ha sido un adjetivo que me negaba a reproducir en la pantalla...Ya ha salido. Loado sea Dios y su vicario en la tierra, Freud.


                     ¿Qué quieres...? Me siento como el pequeño y entrañable Cyrano al que le hubieran hecho trampas en el juego, cuando escribía aquellas encendidas cartas de amor para aquel amigo ágrafo que gozaba de amante joven y hermosa; mismamente como Cyrano. O como el conejito estúpido del cuento de Alicia....en fin...como el último enanito de la fila en el cuento de Blancanieves...como todo eso y algo más.
                                                             
                Querido Rafa. Interrumpo por un instante la redacción de tu carta cuando son las ocho y media de la mañana; debo sacar a Lolo al jardín para que desarrolle sobre el césped de nuestro modesto jardín el logaritmo enrevesado de su fisiología prostática más íntima...vulgo pipí. Hasta ahora. Chao. Permanezcan atentos a la pantalla
                                                               
                                   Ya estoy aquí de nuevo. Tendrías que haber visto a Lolo subiendo la escalera que conduce a mi biblioteca dando tropiezos por los escalones con esa pantalla de plástico que le rodea el cuello como un toisón de oro que concediera el colegio oficial de veterinarios a los chuchos de cierto nivel...ya se me entiende, siendo algo tan prosaico como un aséptico protector para impedir que Lolo se pueda morder la frescura de una reciente cicatriz que lleva con orgullo después de la intervención quirurgica en su barriguita a la que ha sido sometido por "el equipo medico habitual" Pues eso, que parecía una de las lamparas de mi escritorio que regresara de cargar las pilas bulliciosa por alumbrar de nuevo mis textos nacientes...

                            
                                       Perdona la cursilería... ¿Dónde estábamos...? Eso....ahí mismo...Yo te hablaba de que has despertado en mi alma con tu presencia digital y virtual unos pequeños celos neuróticos que dormían en el interior de ese fantasma guión niño que todos llevamos sumergido en las aguas negras del subconsciente y que, cuando era niño guión niño, allá por la década de  los cincuenta tuvo que luchar contra un padre también neurótico por la posesión de nuestra madre (mi padre en su neurosis consideraba que mi madre era también la suya. No quieras saber la de conflictos que dicha confusión paterna trajo consigo...y la de cardenales que dibujó en mis blancas nalgas infantiles) Porque....has de saber mi querido Rafa que esto de escribirle cartas inmóviles(*) a la persona con la que tienes un contencioso y que ha despertado en tí sentimientos encontrados (véase: los siete pecados capitales del español) es una técnica muy vieja que se utiliza mucho en la terapia psicoanalítica y que mi psicoanalista me receta cuando me ve de entrar en su consulta por la ventana y con un cierto brillo asesino en mis dilatadas pupilas. Señor Jean Valjean -me dice mientras cierra la ventana- ¿Qué? ¿Cómo le ha ido con la redacción de esa carta para su cuñado que le receté la semana pasada. Si la de ese cuñado con el que usted se niega con testarudez vikinga a pasar las próximas navidades en el hogar paterno? ¿Cómo le va? Señor Jean Valjean creo que mi diagnóstico de hoy no le va a gustar pues conserva usted en su mirada el mismo brillo homicida que tenía al abandonar la consulta (también por la ventana) la semana pasada. Señor Valjean, por favor, suelte ese cortaplumas, que está muy afilado y se puede hacer daño. Ande túmbese en el sofá y me cuenta.....
Tranquilo querido Rafa. Yo soy un hombre razonablemente tranquilo y de una sobriedad mental muy estable. Nada de cortaplumas afilados. Esto que cuento arriba es puro humor periodístico. Miguel Mihura lo bordaba, y la escena del paciente entrando por la ventana es un descarado plagio de alguna de sus más famosas comedias....o no. No sé.

             En fin, querido Rafa, voy concluyendo ya esta carta psicoterapéutica que se está haciendo demasiado extensa y ya lo dijo el clásico: Si lo bueno es breve mejor....La sabía en latín. Nos la enseñó en el Instituto un profesor de inglés que además de latín leía y traducía directamente del rumano, pero yo ya la he olvidado. Que la cosa de la carta parece que funciona. Mi percepción de tí ha cambiado un poco para bien. He pasado de ser un apache con el cuchillo desnudo atravesado entre mis dientes, a un pacifico vendedor de biblias por los polvorientos pueblos del medio oeste americano cuando los Estados Unidos de América se iban a romper la crisma en aquella guerra de Secesión que tanto juego dio a la Metro Goldwyn Mayer y al agresivo mentón de Kirk Douglas.
                Pues eso. Que ese niño neurótico que se me había despertado con tu presencia virtual en el universo cordial de M***, ese molesto niño ha vuelto a su interior, a su pequeño paraíso y ya más calmado puede saludarte con cierta cortesía y desearte lo mejor de esta vida para tí y para tu descendencia que según me contaba M*** ya tienes.
                 
                    Recibe un fuerte abrazo de tu amigo Jean Valjean de Montaigne (**)

(**) Esto -se ve enseguida- además de ser una soberana cursilada es el seudónimo con el que firmé mi último libro. MARTIN REQUENA IN MEMORIAM, porque mi nombre real es más prosaico, municipal y proletario. Alberto. Vale.
                   



(*) Quiere decirse cartas que no van a llegar a su destinatario. Vale





P.D.: Querido Rafa a propósito de tus aficiones lectoras debo decirte con todo el respeto que pasar de leer La Montaña Mágica de Thomas Mann a leer una de Antonio Soler supone  un serio retroceso en la necesaria evolución de tu perfil de lector.¿Qué quieres que te diga? Y dicho sea con perdón.

(*) En las conversaciones que tenemos sobre tí Montse te llama familiarmente, Rafa  apelativo íntimo que hiere como la curva de un alfanje turco mi alma de celoso irredento.

(**) Esta palabra aparecerá con frecuencia en la carta pero te ruego no te lo tomes como algo personal. Vale.

(***) Si al final eres el elegido por el dedito de mi princesa comprobarás tú mismo lo facil que es querer a M***. Amarla seguro que es igual de fácil. A mí, que soy su padre entrecomillas me da de vez en cuando barruntos....


domingo, 3 de diciembre de 2017

M***


 M*** se ha registrado hace dos o tres días en la webb de Badoo. Es un sitio de la red para establecer contactos con personas del otro sexo con la intencion de encontrar una pareja estable u ocasional e incluso con la idea de contraer matrimonio o, simplemente como ya he dicho gozar de unas aventuras amorosas sin compromiso alguno de establidad. M*** ha conectado en esta página con un hombre de cincuenta y cuatro años, llamado Rafael, que trabaja de conserje en una urbanizacion y que por lo que dice es un voraz lector y posee una cultura nada desdeñable. A M*** le ha parecido un buen candidato para, por lo menos, verse y charlar tranquilamente.
Yo estoy bastante nervioso. En mi interior se mueven dos sentimientos contradictorios. Por una parte me gustaría que M*** encontrara un hombre que la quisiera y la hiciera feliz. Eso terminaría de completar su ciclo de recuperación que lo comenzó conmigo. Para mi proyecto de las cremas sería un éxito rotundo. Yo tendría que sentirme muy orgulloso (y de hecho así me siento) porque esta recuperacion tan buena ha sido en parte obra mía. Por otra parte siento mucho dolor ante la perspectiva de no tenerla más conmigo. Si todo corriera con mucha velocidad no creo que M*** esté aquí más de tres o cuatro meses. Esta mañana han estado hablando por telefono casi tres horas. Me dice M*** que Rafael lleva ocho años registrado en Badoo.
Creo que el viaje que teníamos proyectado a Grecia se va a anular. ¿Que me está sucediendo? Pues que, simplemente no me quiero quedar solo. Es absurdo pensar que yo pudiera aspirar a tener a M*** como pareja: Aunque ella se hubiera enamorado de mí, esa pareja no funcionaría. Tengo la misma limitación que tenía Sergio, el hombre que la abandonó poniéndola al borde del suicidio...que de hecho intentó. Sergio (ya lo hemos estudiado los dos) padece un complejo de Edipo bastante serio que lo llevaría a la más completa apatía sexual que tuvo como consecuencia el desenamoramiento de Sergio y el deseo irrefrenable de separarse de M***. Justamente eso fue lo que me sucedió a mí con Conchi. M*** es una mujer muy vulnerable.
Lo que en realidad me duele es que se vaya con otro hombre....Mi subconsciente enfermo de neurosis la quiere tener atada junto a mí para siempre. Así se lo he confesado a ella abiertamente en numerosas ocasiones: <í para siempre...hasta que yo falleciera...pero por otro lado tomaría como un triunfo personal tu éxito en conseguir una pareja. Yo he cubierto, M***, una carencia muy importante de tu vida. Estás mejor que antes pero no del todo recuperada. Yo estoy completamente convencido de que una pareja estable terminaría de fortalecer tu sufrido y sufriente YO. 
¿Serías tan generoso, Alberto, de prestarles la autocaravana para que ellos dos solos junto con Lolo se fueran de viaje este verano? Porque muy posiblemente sea ese el paisaje sentimental que te espera dentro de pocos meses....
Cuando conocí a esta mujer yo convalecía de una fractura de tobillo que me tuvo tres meses encarcelado en la cama atendido en todo por un joven ucraniano y su madre. Al abandonar la cama convaleciente comprobé que mi YO había experimentado un cambio muy profundo y de muy largo alcance sicoanalitico. En primer lugar: mi sindrome de aislamiento neurotico habia desaparecido. Ya no quería permanecer encerrado con mi soledad. Necesitaba gente. Esto me sucedio sobre el mes de diciembre (tendría que consultar mis anotaciones de esos meses) que es justamente cuando M*** hace su aparición en las reuniones de OA despues -de dos años de ausencia y de la separacion (abandono) de su marido.
¿Qué hubiera sucedido si cuando aparece M*** en mi vida yo no hubiera todavía experimentado aquella metamorfosis que se me produjo después de la fractura de tobillo? En primer lugar yo habría confundido (como siempre) mis sentimientos y me habría enamorado de ella. Esto, para M*** habría sido nefasto por dos principales razones. Primera: en el supuesto de que ella hubiera respondido a mi cortejo para formar pareja, el fracaso de esa convivencia estaba asegurado...¿Por qué? Pues porque mi complejo de edipo me habría llevado irremisiblemente a repetir la historia de Sergio. Yo, vencido por mi complejo de Edipo habría experimentado la apatía sexual que experimenté con Conchi. El siguiente paso habría sido el estar agresivo con M*** y querer separarme de ella. ¿Como habría quedado esta mujer después de repetir con sus heridas sentimentales aun frescas, repetir otra expriencia de abandono..? Con los conocimientos que poseo ahora de la biografía de mi querida princesa no tengo ninguna duda de que  intento de suicidio con posibilidades altas de consumarlo habría sido el paso inmediato. ¡Que los dioses no me hubieran perdonado.....otra vez!
Pero es que la otra opción que quedaba era aún más peligrosa: En el caso de que M*** no hubiera respondido a mi cortejo sexual también habría sido nefasto para ella....Una vez que yo le hubiera declarado mis sentimientos (sentimientos confusos y contaminados por mi complejo de edipo) y ella se hubiera negado simplemente a corresponderme...¿Qué le quedaba por hacer a mi pequeña princesa? ¿Iba a poder asistir a las reuniones de OA de forma relajada y que pudiera aprovecharle para su recuperacion por la compulsión? Evidentemente no...NO. ¿Qué le quedaba por hacer si se negaba a venir a OA para evitar mi desagradable cortejo? ¿La casa de su madre? De ella venía con cinco intentos de suicidio.....Mi pequeña princesa lo habría tenido muy mal si yo no hubiese experimentado esa transformación sicológica que tuvo lugar en mi alma durante esa horrible convalecencia de mi fractura de tobillo, transformacion espiritual que me preparaba de forma satisfactoria para ejercer el papel de padre que ahora estoy ejerciendo con tanto éxito y por el que estoy recibiendo tan amplias satisfacciones sentimentales por parte de esta hija que me han traído desde Arriba. Analizando estos comienzos con M*** me reafirmo más en mi creencia de la transcendencia de la vida después de la muerte. M*** y yo nos hemos sincronizado para ayudarnos mutuamente. Yo la he ayudado (y sigo haciéndolo) a salir del mortal sofá de la madre y ella me ayuda a limpiar mi kharma que ensucié con mi separación de la madre de Clara y de Clara misma.
En este preciso momento, cuando son las nueve y media de la noche del ocho de diciembre está hablando por teléfono con él. Esta llamada la ha realizado a insistencia mía. Siento unos celos muy fuertes. He de buscar herramientas psicoanalíticas para disolver estos celos irracionales que no tienen justificación alguna. La carta que le escribí a Rafa y he publicado en mi blog me ha calmado bastante. Un argumento muy sólido es el que me hago siempre: Si 




Las Memorias de Jean Valjean

Cuando aquellos libros de Emilio Salgari, Julio Verne, Conan Doyle...comenzaron a aburrirme lo suficiente hube de acudir, para seguir matando el tiempo en las eternas siestas insomnes de aquellos veranos sureños a la pequeña biblioteca del mayor de mis hermanos. Él que era el único de la casa aficionado a la lectura (abrigado ya económicamente, a sus dieciseis años por una nómina del Estado a la que se hizo acreedor como funcionario en la Delegacion de Comercio de Ceuta) compraba a plazos aquellos libros gordos de dos mil y tres mil páginas de papel biblia en los que la Editorial Plaza y Janés servía a la voracidad lectora de mis paisanos los autores de moda: André Maurois, Lajos Zilahy, Somerset Maugham......Estos autores fueron mis padrinos en mi puesta de largo como lector impenitente. 

 Mientras mi hermano oía con devoción litúrgica sus lecciones de inglés en el pickup comprado también a plazos yo pasaba páginas y páginas de tan perfumadas ediciones apenas sin entender nada de lo que iba leyendo pero que al suponer, para mí, dichas plúmbeas lecturas, la tabla de náufrago que me rescataba de la calle, la excusa que me eximía, al menos delante de mi conciencia de la obligación de tener que alternar con mis semejantes yo hacía como que aquellas lecturas no solo las entendía sino que hasta las disfrutaba; algo realmente  patético. Aun así, tanta y tan precoz fuerza de voluntad no será premiada jamás por el Destino, pero eso ya es otra historia.

Una vez leída, de aquella manera, la pequeña biblioteca de mi hermano sucedió, no recuerdo cuando ni en qué circunstancias, un hecho verdaderamente prodigioso (prodigioso en el sentido de excelente, exquisito, primoroso, que es como lo define el Diccionario de la Real Academia en su segunda acepción) como lo supuso el descubrimiento de la Biblioteca de mi Instituto, que si no recuerdo mal era al mismo tiempo la Biblioteca Pública Municipal del pueblo que por falta de local se alojaba entre los estudiantes que dicho sea de paso no la frecuentaban excesivamente, y es que, simplemente ignoraban su existencia, como yo.

 Este descubrimiento de mi “paso del noroeste” particular, este hecho marcará, (aún albergo serias dudas de si fue para mi bien o para mi mal), un hito en la historia de mi vida; su depósito bibliográfico, que ahora nos parecería modesto, y que dormía entre las cuatro paredes de esta sabia institución me catapultaron de hoz y coz en la pasión por este deporte de pasar páginas y comer letras y que nunca me abandonará ya, apartándome de una forma definitiva e irreversible  del tráfico callejero y de las para mí difíciles relaciones con las agrupaciones canallescas de la muchedumbre infantil del barrio que pasaban las tardes de sábado rompiendo pelotas de trapo en un remedo de futbol junto a las tapias del Asilo de Ancianos o persiguiendo a los pobres gatos de la municipalidad los cuales, al menor movimiento sospechoso de la díscola tribu, desaparecían por las esquinas como pequeños relámpagos de terciopelo beige. 

Muchas veces me han preguntado cómo me aficioné a la lectura. Y como esta pregunta se la hacen a uno cuando ya pinta algunas nieves en el cabello y cuando se ha perdido ya la cursilería pedante de la juventud he contestado lo que ya he citado más arriba y que es la cruda verdad: fui un niño retraído y tímido que me relacionaba mal con mis semejantes de pantalón corto y mis semejantas de lindas trenzas escolares; me rompí los dientes delanteros cuando llegué a esa edad en la que uno se mira más en el espejo que en el prójimo y este aspecto feo unido a los apelativos insultantes que me brindaba la canalla infantil del barrio me llevaron a refugiarme en el hogar paterno del que sólo salía para ir al Colegio o al cine los domingos con mis padres. ¡Cómo admiraban mis amigos mi afición por la lectura! y....¡cómo envidiaba yo la facilidad que mostraban ellos para conquistar la amistad de las compañeras del colegio! aquellas lindas princesas de calcetines mordidos y trenzas deshilachadas que olían a mantequilla y a tinta escolar por las que yo, en aquellas siestas agosteñas suspiraba con el libro apretado entre mis manos abanicando mis sueños con la brisa de la cercana playa que hacía desfilar a la atardecida una capilla sixtina de nubes por encima de nuestros tejados.

Si por aquel entonces Freud me hubiera tumbado en su famoso sofá psicoanalítico el diagnóstico habría salido fulminante con la fuerza de un torpedo: A usted, jovencito, lo que le sucede es que tiene sobrevalorado al otro sexo, y yo no lo habría entendido claro. Habrán de pasar muchas lluvias y muchas nubes para que, pisando ya los umbrales de la vejez y sumergido en las lecturas de Wilhem Reich se me haga alguna luz en la conciencia sobre el perfil psicológico de aquel niño que fui y del viejo que ahora soy; las investigaciones de este disidente marxista sobre la formación del carácter neurótico ampliarán mi paisaje interior, despejándolo de las nieblas que hasta entonces lo cubrían y que me llevaba a culpar al Destino (ese chivo expiatorio) de todas las necedades por mí cometidas y que como piedras lanzadas al aire por mí han ido cayendo luego siempre sobre mi estructura psicologica y emocional con una puntualidad y puntería verdaderamente diabólicas.

Era tan necio entonces que siempre le echaba la culpa de mis desgracias a los más absurdos y obtusos pronósticos; a veces caminando hacia el Instituto, con las lecciones mal aprendidas me decía a mí mismo: si el último coche (entonces el trafico era algo más ligerito que el de ahora) que vea antes de entrar a clase, los números de su matricula suman una cantidad par (o impar) no me preguntarán la lección. Y cuando estos juegos de aprendiz de brujo no funcionaban enseguida me buscaba una explicación lógica (lógica dentro de mi estúpida  ilogicidad) que no resquebrajaran los cimientos de mi “religión la carta”. 

En el internado de los salesianos, llegué, no sé por qué retorcidos atajos de mi precaria capacidad intelectiva a la negra convicción de que los miércoles eran los días fatídicos para mi supervivencia entre la plebe estudiantil y si no surgía la desgracia yo obrando como un ser completamente irracional víctima de una mente mágico simbólica me buscaba mis propios problemas para, al menos, consolarme en la certeza de mis pronósticos, provocando con mi agresividad y mis malos modos, que todos los dioses del miércoles se me pusieran de espaldas; mi masoquismo psicológico ya iba apuntando maneras.

De todas mis desgracias encontraba yo siempre un culpable exterior a mi persona, a mi propio YO. Y respecto a mis relaciones con las chicas habrán de pasar muchos años para que ahora, de viejo comprenda perfectamente que los hechos reales se ajustaban bastante bien a ese pronóstico de Freud sobre mi hipervaloración del otro sexo, moviéndome siempre en el puro amor platónico cuando, ya en la adolescencia, mis fluidos más íntimos buscaban  sus cauces naturales de salida, sus medios de expresión que yo había reprimido..la causa de esa represión, como ya he apuntado saldrán a la luz aunque de una forma poco matizada y muy a lo bulto, para entendernos, pues en todos sus perfiles y aristas la sigo ignorando; y todo era (lo sabré ya de viejo) que ya habían comenzado a aparecer los primeros síntomas graves de mi neurosis que, si bien algo aminorada me sigue acompañando y no me dejará sino cuando metido en mi ataúd me despidan en las puertas de la funeraria. 

Yo era un adolescente torpe y soso  incapaz de tocar el vestido de una de aquellas beldades quinceañeras con las que compartía las lecciones de geografía y “mates” en la academia de clases particulares como se llamaban entonces a este complemento formativo que por una modesta mensualidad aportada por nuestro progenitores recibíamos al salir del Instituto. Así fue como y por qué que me refugié en la lectura. Todas las visitas que acudían a casa, al verme sentado en un sillón de la salita entregado a ese feo vicio del que ahora reniego impíamente, cuando me veian leyendo comentaban todas con esa cursilería dulzona  y postdiabetica que iba a ser yo de mayorcito un lumbrera...vamos un enfant terrible de la Ciencia o del Arte....¡pobre de mí! porque yo también me lo creía pero era el caso que esa falsa intelectualidad precoz no se reflejaba en los estudios; mi comportamiento en el Instituto era el de un verdadero holgazán, que por llamar la atención y buscando la solidaridad de los compañeros más díscolos de la clase me mostraba duro y mostrenco a los consejos de los viejos profesores que terminaban aburriéndose de mí y expulsándome del aula de clase.

Mi irresponsabilidad mostrenca, campesina, me inspiró para falsificar las  notas finales del Primero de Bachiller lo que me hizo merecedor de ser internado, como lo fui, en un Colegio de los Padres Salesianos. Y es cierto que la lectura me gusta y me sigue deparando horas placenteras pero no es menos cierto que los orígenes de tal afición fueron los que fueron y al papel no lo puedo engañar. Contemplada desde la atalaya de mis sesenta y cinco años la biografía de aquel niño neurótico que iba de tropezón a susto y de susto a tropezón hasta romperse los dientes (los físicos y los mentales: las paletas delanteras me las rompí en el colegio de los agustinos) ese niño que asoma como asustado de la Vida en las viejas fotos de la lata familiar me produce una indefinible sensación de ternura y fracaso al mismo tiempo, como de una vida quer se ha empleado dando vueltas con la noria a un pozo sin agua.

Y es que siempre le he tenido miedo al fracaso; ese pánico neurotico a no quedar bien, ese terror a que se forme alguna grieta en la máscara que oculta mis miedos, preocupado siempre porque a través de esas vias de agua pudiera asomar el verdadero YO que siempre me he obsesionado de llevar oculto y que lleva años viviendo tras esa muda efigie que yo mismo me he fabricado para intentar engañar a la Vida, ese inmenso trabajo de masoquismo sicologico como la de estar constamengte tapando agujeros en un bote salvavidas que se me viene al fondo, todo ese trabajo de grisaceo y mediocre Sísifo amenazado por la piedra, todo,  me ha impedido disfrutar de las flores del camino o de hermosos atardeceres bajo la sombra fresca de un arbol,  y en cambio me han llevado a pisar siempre la única boñiga fresca de vaca que había en el sendero, sin duda que puesta allí por los dioses para mi desgracia o, como Quevedo a que truene y diluvie cuando me atrevo a salir al Mundo (las pocas veces que me he atrevido) con el cuerpo desaliñado y mi alma infantil a la descubierta.

Jean Valjean




                                                                              
                                                        


Yo soy un diarista

Un diarista es un escritor de diarios. Yo soy un escritor de diarios. Ya sé, lo sé perfectamente, sé que a estas alturas del blog no descubro ningún mediterráneo, (que tampoco me lo propongo) pero como a los toreros viejos, a mí también me gusta recrearme en la suerte, es como ensayar de vez en cuando la pose de diarista para que ese personaje que narra mis diarios no pierda forma. Esta afición incurable a exponer mis pellejos en la plaza pública, entre el puesto de la carnicería y los pozos de la curtiduría de pieles, esta casi enfermedad de gozar abriendo mi YO y hurgar con mi estilográfica en sus tripas para ver qué llevo ese día escondido entre los pliegues de mi subconsciente y que pretende pasar de contrabando (la verdad es que lo consigue muchas veces) el fielato de la conciencia sin pagar su tributo a Freud; este narcisismo patológico me viene de lejos. Ya desde muy niño me gustaron los relatos escritos en primera persona. Recuerdo perfectamente la etapa de mi evolución lectora en la que se produjo el cambio: El mayor de mis hermanos, único lector de la familia y del que yo heredaré tan deliciosa enfermedad, me trajo de la Biblioteca del Instituto el famoso libro de Daniel Defoe, y entonces sucedió el milagro: después de muchas lecturas de historias y cuentos con sus verbos ubicados en la tercera persona del singular, la lectura de Robinson Crusoe fue, como la explosión de una supernova,  y un verdadero descubrimiento del placer que proporciona la lectura de relatos contados en primera persona. Estas memorias de un náufrago perdido en la isla de Juan Fernandez ha marcado para siempre mis apetencias lectoras así como mi elección a la hora de escribir. Creo que fue un genial acierto por parte de Defoe el darle a su historia la forma de unas memorias, te lo hacen más creíble y más vivo en definitiva. Pla, Josep Pla era de la misma cuerda y lo expresó con una frase que, a pesar de la admiración que siento por este escritor, me pareció algo excesiva. Decía Pla: Los hombres que sólo leen novelas son unos cretinos. Si bien es cierto que abomino de este juicio tan radical, tan injusto y tan equivocado (sobre todo cuando se han escrito novelas tan malas como las que él ha dado a las prensas), no es menos cierto que cada vez me he ido alejando de la ficción y ajustando más mis gustos a los  libros de Memorias, Diarios y primos cercanos como el género epistolar. Sólo la poesía me mueve de vez en cuando a moverme por aguas distintas de las habituales. No los escribo para los demás, los escribo para mí. Cuando me siento ante mi pupitre y tomo los recados de escribir nunca pienso en el lector. Al único que de verdad debe gustarle es a mí. Por otra parte mi vida se balancea, ya en estos años cercanos a la vejez (siendo un poco tolerante con mi propia vanidad) se balancea, se columpia entre el hastío y el aburrimiento. Y el colocar a mi YO, completamente desnudo encima de mi escritorio y diserccionarlo con mi estilográfica es uno de los pocos placeres (junto con el alcohol) (*) que puedo todavía permitirme. Desde hace ya algunos años soy  mi único animal de compañía, no tengo otro, tenía un gato llamado Séneca y ya murio,  por eso me observo, me estudio, me leo. Soy el alfa y el omega de mis escritos. No hay más. Y cuando el relato se inclina a la ficción...no hay tal ficción, son los múltiples y variados disfraces que adopta mi YO para manifestarse sobre el papel.
Solamente cuando tomo el autobús que me lleva a la ciudad y dispongo de una variada fauna bípeda para practicar caza mayor con mi estilográfica, sólo entonces descanso de ese autismo feroz que me aprisiona  y procuro satisfacer mi voyeurismo insaciable con ese pequeño grupo ambulante que el azar ha reunido en ese momento en el autobús, que es el ciento sesenta, casualmente el mismo número que llevaba yo grabado en todo el menaje particular que usaba en el Colegio Interno allá por los prólogos, los tristes prólogos de mi adolescencia. Pero a lo que iba...Una vez acomodadas mis posaderas en el adminículo, tan tieso y tan duro que sólo los optimistas llamarían asiento, me dedico a observar a mis semejantes con el mismo placer que siento cuando abro las páginas de un libro. Trato de imaginarme, por el aspecto físico de cada uno de ellos,  la vida que hacen entre las cuatro paredes de su casa: Ese grandullón –por ejemplo- vestido de niño, con los auriculares introducidos en unas orejas gordas y esponjosas como nalgas,  la barba cerrada de tres o cuatro días que está sentado junto a su madre, una respetable anciana que hace años dejó ya atrás la vejez. La empleadita del “cortinglé” pizpireta, fresca y joven, (apetitosa a cualquier hora del día) y con su bolsito transparente que viene a ser algo así como su  conciencia, su “pepitogrillo”, ante las miradas inquisitoriales del jefe de planta que, al igual que yo, alimenta su propio voyeurismo buscando en las aguas transparentes del bolsito de su subordinada cosas que sólo existen en su imaginación. El jubilado hipocondríaco parapetado, en las trincheras de sus miedos, detrás de un enorme sobre del Hospital Comarcal que contiene alguna fotografía indiscreta de su más íntima fisiología y que él está deseando compartir con todos para que le consuelen de los males presagios que su mente ha fabricado en una noche de insomnio..o para que le den el pésame tardío por una viudez ya rancia. Y muchos más...
Otros días en lugar de inventarme una vida (alegre o triste, azarosa o inmensamente aburrida) para mis personajes, los hago a todos ellos partícipes de una obra de teatro. Para ello, lo mejor es elegir dos personas que estén enzarzadas en una animada conversación, y si la conversación la acompañan de un rico repertorio de gestos con la cara y con las manos tanto mejor. Desde el mismo instante en que consigo convencer a mi YO de que esas dos personas son actores y por lo tanto lo que están haciendo es representar un guión previamente escrito, que nada es en ellos espontáneo, que se encuentran entre las candilejas de un teatro el goce estético es infinito (porfa...no se atornillen la sien con el índice de la mano derecha pensando al mismo tiempo en mi coeficiente intelectual...cada quien se entretiene como quiere y el trayecto del ciento sesenta es largo y pesado). Decía que el goce estético es infinito porque, como pueden suponer, estos “actores” son los mejores del mundo, su representación es perfecta porque ellos no están representando....solo mi mente lo cree así. A veces, cuando se dirigen al mismo punto de la ciudad que yo voy, los sigo detrás sin romper la bella ficción, hasta que el rugido del claxon de un autobús que me pasa rozando los pellejos me recuerda el principio fisico de la impenetrabilidad de los cuerpos cuando se enfrentan el morro de un poderoso leyland de cuatro ejes con la débil estructura osaria de un jubilado que, de propina, vive aquejado de artrosis.
Esta afición o adicción mía a convertirlo todo en teatro, en pura escenificación me viene ya de lejos...De niño me gustaba disfrazarme, ocupar una personalidad distinta de aquella que comía, dormía y estudiaba en la casa de mis padres. Para ello acudía a un armario grande y negro donde mi madre guardaba las ropas viejas, y una vez conseguido el aspecto apetecido, me presentaba delante de mi público, el que yo imaginara que podía caber en aquel espejo grande de la puerta del armario. Antes había memorizado cuatro o cinco líneas de una de aquellas de Emilio Salgari o Julio Verne que a precios populares lanzaba al mercado la Editorial Molino y se las ofrecía como opera prima o gran estreno a las moscas que se miraban el bajo vientre en las aguas plateadas del espejo.
En mis diarios me comporto de la misma manera. Cuando me he cansado de estar en una postura he de cambiar enseguida, y para ello tomo prestada la piel de un personaje y comienzo una novela que no llega más allá de los dos o tres capítulos. Por supuesto que todas ellas escritas en primera persona, como si se tratara de un diario más.  Quien sabe si todo ello no será  un ensayo general para la última representación de nuestra vida, la propia muerte.

(*) El autor escribió este artículo hace ya algunos años pero ha sido hoy cuando, encontrándolo durmiendo en un archivo perdido de un viejo ordenador ya jubilado, lo ha colgado del blog. El autor, auxiliado por la asociación de Alcoholicos Anónimos consiguió abandonar tan nefasta adicción que tantos pequeños-grandes problemas le habían estropeado momentos importantes de su vida. El autor ha descubierto con la bienaventuranza de la sobriedad que, al escribir, el acierto o desacierto en la búsqueda de un buen adjetivo o de una metáfora afortunada y bien ubicada en el texto no dependen para nada de la cantidad de orujo que se haya trasegado. Vale.

(Jean Valjean)


sábado, 2 de diciembre de 2017

Escribo desde un locutorio que hay cerca del lugar de reunion de OA. Creo que puede ser un buen lugar para tomar notas en mis cuadernos de los Diarios.
S*** me ha enviado por email un corto relato sobre su padre. Me ha parecido que está muy bien escrito y en la respuesta así se lo he dicho. Es un texto desgarrador donde la hija ajusta cuentas con un padre que posiblemente también es neurotico.
Me he sentido identificado completamente con esta joven. Si yo hubiera descubierto mi neurosis cuando tenía su edad probablemente me habría dado tiempo a publicar algo interesante, pero mi tiempo desgraciadamente ya ha pasado y trato de ganarle la partida a la vida ayudando a S*** a descubrir su neurosis y a que no se malogre como escritora que lo es y muy buena. Al igual que yo, S***, para no desmentir a todos los psiquiatras que sobre ello han escrito, también es muy destructiva con sus escritos. Su falta de autoestima y la necesidad psicótica que de cariño tiene (como todos los que estamos en el grupo) la llevan a infravalorar sus textos. Cuando tengo ocasión le hablo de que uno de los síntomas de la enfermedad neurótica es la parálisis para el trabajo intelectual comprendida la escritura.
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Sería realmente muy interesante y me ayudaría mucho en mi trabajo psicoanalítico si los compañeros de OA (al menos algunos) quisieran probar, como yo, las dietas de cremas y líquidos. Estoy convencido que si la llevaran a cabo obtendrían los mismos benéficos resultados que he obtenido yo.

Los Diarios



(*)                El Faro, 2 de Marzo

ESTE año está siendo generoso en lluvias. El cesped del jardin encerrado entre las casas que forman esta fase de nuestra urbanización ha crecido tanto que se ha convertido en un prado o dehesa que haría las delicias de cualquier población rumiante que metieramos en ella.
La barca ha perdido la hermosa peluca de flores que tenía y ahora nos muestra su calva de tierra negra donde están comenzando a echar raíces las hierbas salvajes cuyas semillas nos trae el viento por encima de los tejados.
Los ecologistas del pueblo andan algo despistados con el índice pluviométrico que está asomando este año por las estadísticas municipales. Según ellos, la Naturaleza, como si de un Dios católico y "prevaticano segundo" se tratara nos iba a castigar con la sequía más pertinaz, y ¡claro! estas constantes lluvias les tira por tierra todas sus teorías de catastrofistas agnósticos.
Esta mañana me he llegado hasta la Biblioteca municipal donde he encontrado la película que protagonizaron James Stewart y Doris Day a comienzos de los sesenta, me refiero a "El hombre que sabía demasiado" Es un film que me quedó grabado cuando siendo niño fui a verlo con mis padres a la última sesión del Cine Astoria. De la película apenas si recuerdo ninguna escena. Solo recuerdo el argumento: el hijo de un matrimonio americano de turismo en la ciudad de Tanger y que es secuestrado. El motivo de que me quedara grabada en el recuerdo para siempre no fue otro sino que se trataba de la primera película "de mayores" a la que acudí en compañía de mis padres. Ese gesto de invitarme a ir con ellos a la última sesión del cine de nuestro barrio me llenó de orgullo; el hecho no carece de importancia: ya se me consideraban dentro de la nómina familiar una persona con la suficiente capacidad intelectual y emocional como para ver una película "de mayores" y en la que mis padres corrían, en mi compañía el riesgo de ser sorprendidos por alguna escena que hiciera toser a mi padre con aquella tos tan característica suya cuando perdía el control de la situación (la que fuera). Mi hermana, cinco años menor que yo, se quedó en casa custodiada por Paco, el mayor de mis hermanos que hacía poca vida nocturna y, como yo, lector empedernido. 

PARECE que la ingesta de comprimidos de iodo a la que vengo sometiéndome desde hace un par de semanas está resultando beneficiosa para mi metabolismo. Y es que ha llegado uno a esa edad en la que (¡jamás lo hubiera pensado!) irremediablemente se cae en la más abyecta hipocondría. Moliere rediculizó con bastante gracia esta etapa siconeurótica del hombre representándola en ese viejecito que, cada mañana, al levantarse contempla con preocupación las deposiciones nocturnas (sólidas y liquidas que durante la noche han fermentado en la bacinica debajo de la cama) para tratar de sacar de esas observaciones la dosis de optimismo necesaria para afrontar el día que comienza o a veces para, espantado por algún color u olor desconocidos (o la textura misma) de esos residuos convocar rápidamente en su domicilio al médico, al notario y al cura, por ese orden. Yo, aunque no he llegado todavía (todo se andará) a esos límites me voy pareciendo no obstante cada vez más al protagonista de mi relato Canción de Otoño que anda por alguna entrada de este mismo blog y que está inspirado en la vida cotidiana de mi padre en sus últimos años de vida obsesionado por sus horas de insomnio, por alguna mala digestión o por un nuevo crujido de su esqueleto no registrado hasta ese momento.


HE cambiado el flexo articulado que se asomaba por encima de mi sillón de orejas como un gatito educado, lo he cambiado, digo por una lampara de pantalla que, atornillada a una estantería me brinda la luz cenital algo más diluída que es la que necesito para una lectura confortable; esa luz que impregna ahora la biblioteca ha tomado un color de miel que me agrada; mis libros han tomado un aspecto más tierno.  





(*).: En la foto, la casa del autor...¡No, no! la de la puerta blanca no...la otra.