viernes, 15 de noviembre de 2013

Los Diarios



(*)                El Faro, 2 de Marzo

ESTE año está siendo generoso en lluvias. El cesped del jardin encerrado entre las casas que forman esta fase de nuestra urbanización ha crecido tanto que se ha convertido en un prado o dehesa que haría las delicias de cualquier población rumiante que metieramos en ella.
La barca ha perdido la hermosa peluca de flores que tenía y ahora nos muestra su calva de tierra negra donde están comenzando a echar raíces las hierbas salvajes cuyas semillas nos trae el viento por encima de los tejados.
Los ecologistas del pueblo andan algo despistados con el índice pluviométrico que está asomando este año por las estadísticas municipales. Según ellos, la Naturaleza, como si de un Dios católico y "prevaticano segundo" se tratara nos iba a castigar con la sequía más pertinaz, y ¡claro! estas constantes lluvias les tira por tierra todas sus teorías de catastrofistas agnósticos.
Esta mañana me he llegado hasta la Biblioteca municipal donde he encontrado la película que protagonizaron James Stewart y Doris Day a comienzos de los sesenta, me refiero a "El hombre que sabía demasiado" Es un film que me quedó grabado cuando siendo niño fui a verlo con mis padres a la última sesión del Cine Astoria. De la película apenas si recuerdo ninguna escena. Solo recuerdo el argumento: el hijo de un matrimonio americano de turismo en la ciudad de Tanger y que es secuestrado. El motivo de que me quedara grabada en el recuerdo para siempre no fue otro sino que se trataba de la primera película "de mayores" a la que acudí en compañía de mis padres. Ese gesto de invitarme a ir con ellos a la última sesión del cine de nuestro barrio me llenó de orgullo; el hecho no carece de importancia: ya se me consideraban dentro de la nómina familiar una persona con la suficiente capacidad intelectual y emocional como para ver una película "de mayores" y en la que mis padres corrían, en mi compañía el riesgo de ser sorprendidos por alguna escena que hiciera toser a mi padre con aquella tos tan característica suya cuando perdía el control de la situación (la que fuera). Mi hermana, cinco años menor que yo, se quedó en casa custodiada por Paco, el mayor de mis hermanos que hacía poca vida nocturna y, como yo, lector empedernido. 

PARECE que la ingesta de comprimidos de iodo a la que vengo sometiéndome desde hace un par de semanas está resultando beneficiosa para mi metabolismo. Y es que ha llegado uno a esa edad en la que (¡jamás lo hubiera pensado!) irremediablemente se cae en la más abyecta hipocondría. Moliere rediculizó con bastante gracia esta etapa siconeurótica del hombre representándola en ese viejecito que, cada mañana, al levantarse contempla con preocupación las deposiciones nocturnas (sólidas y liquidas que durante la noche han fermentado en la bacinica debajo de la cama) para tratar de sacar de esas observaciones la dosis de optimismo necesaria para afrontar el día que comienza o a veces para, espantado por algún color u olor desconocidos (o la textura misma) de esos residuos convocar rápidamente en su domicilio al médico, al notario y al cura, por ese orden. Yo, aunque no he llegado todavía (todo se andará) a esos límites me voy pareciendo no obstante cada vez más al protagonista de mi relato Canción de Otoño que anda por alguna entrada de este mismo blog y que está inspirado en la vida cotidiana de mi padre en sus últimos años de vida obsesionado por sus horas de insomnio, por alguna mala digestión o por un nuevo crujido de su esqueleto no registrado hasta ese momento.


HE cambiado el flexo articulado que se asomaba por encima de mi sillón de orejas como un gatito educado, lo he cambiado, digo por una lampara de pantalla que, atornillada a una estantería me brinda la luz cenital algo más diluída que es la que necesito para una lectura confortable; esa luz que impregna ahora la biblioteca ha tomado un color de miel que me agrada; mis libros han tomado un aspecto más tierno.  




(*).: En la foto, la casa del autor...¡No, no! la de la puerta blanca no...la otra.




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