sábado, 28 de noviembre de 2009

EL ÚLTIMO TRANVÍA (Las Memorias de Jean Valjean)

Mi abuela materna se llamaba Encarna, Encarnación Ortiz Díaz, y era ya una señora bastante mayor cuando sobre mi tierna persona comenzaron a alumbrar las primeras luces de la inteligencia, con ello quiero decir que para entonces yo carecía de la suficiente capacidad de raciocinio y de observación como para haber podido hacer de ella ahora un retrato algo más fidedigno del que voy sin duda a hacer; la distancia generacional entre nosotros dos era tan grande que no tuve ocasión de conocerla ni poco ni mucho, lo que siempre he sentido pues ella hubiera sido la transmisora oral ideal para la confección de la historia de la familia. Yo apenas contaba once años cuando ella falleció. Su aspecto físico inspiraba mucha ternura porque el padecimiento de la diabetes, que ella llevaba con mucha dignidad, le daba un aspecto de suma delgadez y extrema fragilidad. Cuando la abrazábamos parecía que se nos iba a deshacer entre las manos, como las alas de una mariposa antigua o una hoja seca de otoño. Raramente se enfadaba, al menos con los nietos, y cuando lo hacía, cuando quería mostrarnos su desagrado con cualquier comportamiento que hubieramos observado con ella se limitaba a marcharse a otra habitación de la enorme casona en que habitaba y allí, haciendo como que ordenaba el armario, o remetiendo una colcha que ya estaba remetida, mantenía un sordo monólogo con ella misma que se parecía muy poco a lo que se entiende por una regañina o una reprimenda familiar. Yo la quería mucho, e imagino que al resto de la familia le ocurriría otro tanto, aunque el hecho de querer a la abuela Encarna no significaba ningún mérito para nosotros, más bien creo que el amor que sentiamos hacia ella era puro reflejo del que nacía de ella misma hacia nosotros. La abuela Encarna ha sido una de las personas más dulces que yo haya conocido. Nunca la oí quejarse de nada e imagino que en la hora de su muerte, -digo imagino porque yo no estaba entonces en el pueblo, y aunque hubiera estado en el pueblo dados los pocos años que acumulaba sobre mi biografía tampoco me hubieran permitido acceder al dormitorio de la agonizante- mantendría la misma actitud de silencio y mansedumbre que había mantenido en vida, como pidiendo perdón por el espectáculo de su propia muerte. La noticia de su fallecimiento me la dió mamá, en una de sus visitas al Internado en que yo me encontraba por entonces. En las páginas de otro Diario he anotado cómo, cuando apareció mamá por el Internado completamente cubierta de negro, pensé que el que había fallecido era mi padre, suposición que engendró en mí unos sentimientos contrapuestos que por tenerlos ya estudiados en ese Diario del que hablo creo gratuito repetirlo aquí y ahora. Cuando siendo ya adolescente, comencé a frecuentar las lecturas de Pío Baroja, me sorprendió gratamente el parecido físico entre mi abuela y uno de mis autores favoritos. Mentalmente introducía la imagen de mi abuela en la foto de grupo que el escritor, ya anciano, se hacía junto a sus sobrinos y a su hermana, y notaba con no poca satisfacción que mi abuela con su delgadez y la sobriedad de sus gestos, no desentonaba nada en el clan de los Baroja. Claro que también pudo ser un espejismo inducido en mi mente por el origen vasco del apellido paterno de mi abuela: Ortiz.
Mi abuela Encarna era una joven de dieciocho años cuando acompañó a sus padres desde la Villa de Mijas hasta Ceuta. En el año 1917 había tenido lugar la Conferencia de Algeciras: Francia y España se repartían el Protectorado de Marruecos y a partir de entonces el presidio de Ceuta y la zona del Protectorado Español en Marruecos, hasta la frontera del Borj,(a la que un tío mío, que murió hace algunos años en Valencia, fue destinado como Guardia Civil) se convierten en foco de alta inmigración para una gran parte de las familias españolas que cultivaban viñas en la otra orilla del Mediterraneo y a los que la filoxera echó de sus tierras hacia otras geografías más prometedoras, cuando no directamente al cementerio del propio pueblo. Cuando de niño me quedaba a dormir en casa de la abuela, ella me contaba, mientras cenábamos en la pequeña cocina, la travesía que hizo del Estrecho cuando llegaban al Pueblo procedentes de Mijas. La abuela, mirando a la lluvia que golpeaba los cristales de la pequeña buhardilla, decía que cuando ella venía en el barco, llovía todavía más, más..”más que cuando enterraron a Bigote” y luego seguía moliendo los garbanzos tostados para hacer un brebaje que ella, con la mayor naturalidad del mundo y sin temblarle el pulso llamaba café...y la verdad es que no tenía mal sabor. No pocos tazones de ese “café” con generosas raciones de pan tostado untadas de ajo y aceite crudo entraron a formar parte de mi estructura proteínica en aquellos años de mi infancia.
Cuando yo comenzaba a ser testigo del drama familiar, la abuela Encarna y el abuelo José ya dormían separados; la abuela se quedó en la gran cama conyugal que algunas noches de invierno compartía conmigo, y el abuelo José se autoexilió a unos de los dormitorios que dejaron vacantes mis tíos y tías conforme se fueron casando. Cuando la Diabetes comezó a minar de forma alarmante la estructura vital de la abuela y -además de eso- la convivencia en el anciano matrimonio adquiría tintes preocupantes, sus hijos le aconsejaron abandonar la Casona de El Parisiana. El abuelo, hasta su fallecimiento, pasaría el resto de su vejez con nosotros, y a la abuela Encarna se le adjudicó la casa familiar de la tía Isabeline. Ya no se verían más, y, lo que es más doloroso, sus hijos no hicieron nada porque se vieran; esperaron hasta sus respectivos fallecimientos para juntar sus huesos en el mismo nicho. En el momento de tomar estas notas no sé si continúan en su nicho, o el impago de las tasas municipales han llevado sus huesos al osario común, no lo sé.
En invierno, cuando la tormenta de Levante azotaba aquella parte de la ciudad, mamá me enviaba a la Casona de El Parisiana con algunas viandas para la abuela y el expreso mandato de quedarme a dormir con ella; si a algo le tenía verdadero pánico la abuela en este mundo era a las tormentas, que, cerca del mar, donde ella vivía, eran soberbias, bíblicas...Si la tormenta traía nieblas, nos brindaba, además como música de fondo, los tristes lamentos de la Sirena del Faro de la Almadraba que servía para acompañar la soledad de los barcos que en ese momento transitaran por el Estrecho. La abuela, esa noche, encendía más mariposas de las acostumbradas. Cuando siendo ya mayor viajé por Grecia, me acordaré, al ver el interior iluminado de las pequeñas ermitas helénicas, del altar que la abuela tenía constantemente encendido con las fotos de sus muertos al pie de su enorme cama.
La abuela, junto con sus padres y hermanos atravesaron el Estrecho en “El Capitán Parra” una vieja cañonera militar que había peleado en Cuba, y que en ese tiempo transportaba carga y pasaje entre los puertos de Algeciras, Gibraltar y Ceuta. Fue en esa travesía, en la que estuvieron a pique de irse al fondo junto con la cañonera, cuando la abuela Encarna se hizo devota de la Virgen del Carmen. En el fondo de su mesita de noche guardaba, cubierto con un escapulario del Carmen, un ladrillo bendecido para que, cuando estuviera agonizando se lo pusieran en los pies. Cuando mamá, en el Internado me habló de su muerte, le pregunté si le habían puesto aquel ladrillo bendecido en la planta de los pies, pero mamá no sabía de qué ladrillo le estaba yo hablando.
Para combatir a los movimientos armados nacionalistas e independentistas que se levantaron contra Francia y España, estos dos paises destinaron numerosas tropas a esta parte del continente africano. Muchos de estos campesinos que emigraron a Ceuta, entre ellos el padre de mi abuela, Andrés Ortiz, montaron pequeñas cantinas cerca de los acuartelamientos para servirle comidas y vinos a la milicia. Cuando la tropa salía unos días de maniobras, por las kábilas que se hallaban pasado el Barranco de Anghera –lo que ahora es de soberanía marroquí- y estaban cuatro o cinco días fuera de la ciudad, mi bisabuelo se agregaba a la caravana militar a la que abastecía de casi todo en los descansos, desde papel y sellos para escribir hasta hilo color caqui para coser los botones de la guerrera. Mi bisabuelo comía y dormía en su carromato y uno de sus hijos, mi tio abuelo Salvador Ortiz, le llevaba cada día las mercancías que se iban agotando. Este antepasado mío, Salvador Ortiz, moriría en el año 1924, como legionario en la Batalla del Gorgues, cerca de Tetuán. No olvidaré nunca la recitación literal que del parte de Guerra hacía la abuela Encarna, sorbiéndose las lágrimas: “Hospital Militar de Benkarrich. Tetuán. En el día de hoy se emite Certificado de Defunción del Caballero Legionario don Salvador Ortiz Díaz, de la dieciocho bandera del Tercio de Extranjeros desaparecido en combate en la acción del Gorgues del dieciocho de septiembre de mil novecientos veinticuatro”
Yo creo que la muerte del más pequeño de sus hermanos inauguró en l abuela aquella serie de lutos que ya no se acabaría nunca; a partir de entonces los muertos en la familia arreciaron.
La primera vez que mi madre me habló del origen peninsular de su familia fue una tarde que subíamos en taxi por la Puerta del Campo; al pasar cerca del Instituto de Enseñanza Media donde yo escribiría las páginas más lamentables de mi adolescencia, mi madre mirando por la ventanilla del vehículo me señaló una pequeña barraca que había al borde mismo de la carretera; entre la penumbra del interior se destacaba lo que quería ser el mostrador de un bar. “Mira –me dijo- esa cantina era la de mi abuelo, Andrés Ortiz Barranquero, que se vino de los montes de Málaga cuando el gusano se le comió sus viñas”
Con ese aparentemente intrascedente comentario mi madre me abrió las puertas de la curiosidad, y a partir de ese instante no cesaba de acosar a todos los miembros vivos de mi árbol genealógico con preguntas sobre la historia del clan.

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